UNA ALEGORÍA
En la National Gallery de Londres, se guarda con
mucho celo y no poco fervor, un lienzo de hasta metro y medio de alto del
Bronzino, una pintura que la crítica ha calificado de rigurosa obra
“manierista”, un ejemplo, para muchos, de los derroteros facilones, formales y
decadentes que tomó la pintura del Renacimiento más allá de 1500, o más allá de
la trinidad modélica representada por Leonardo de Vinci, Miguel Ángel
Buonarroti y Rafael Sanzio. Bronzino, pues, sería uno de esos manieristas
decadentes, si no el que más, discípulo de il Parmigianino, el pequeño
pintor de la lunghezza.
Agnolo Tori, Bronzino, pintó esta tabla antes de
1550, con sus desnudos sensuales, sus colores empalidecidos y “acuarelados”, fríos
pero sugestionadores; con el majestuoso ritmo laberíntico de los gestos, la
crudeza de las carnes, con la sensualidad en fin de la existencia que en él se
muestra. Pero bien observado, en ese mundo regalado, artificioso y bendecido,
atrayente, hallamos, tras el sensual y ambiguo beso de Venus y su hijo Eros, una
especie de mórbida, discreta cautela. Algo nos dice que a pesar de nuestro
disfrute, esto no puede ser. Acompañan al beso el infantil Placer, como un
amorcillo o pequeño puto; la mentira de bello hermoso rostro pero de
garras leoninas. Una cabeza pensadora que grita su dolor en una afección
desesperada, al modo de ciertos dibujos de Leonardo ¡ah los celos! Descubrimos
la molicie de los cojines (el cojín es símbolo de la pereza), la
correspondencia de las fidelísimas tórtolas, las máscaras arrojadas (de la simulación
y el engaño). Y el Tiempo, anciano y barbado, rudo, musculoso y serio que, con
la ayuda de la Verdad, levanta el violáceo velo en el que se esconde este amor
censurable y todas las censurables concupiscencias. “El tiempo descubre todo”,
parece ser la lectura bienintencionada y moralizante de este cuadro. La verdad
desvela. Ahora bien … ¿es tan malo lo que hay que desvelar? Mas quisiera yo que
la lectura fuera que la verdad, que el tiempo son en rigor lo que queda más
allá de todo lo que se guarda, de todo cuanto, a fin de cuentas, escondemos y
escondemos a los demás. Nuestras ocultaciones, que quedarán congeladas como
misterios hasta que el tiempo las deslinde y siembre.
Cuadros así se hicieron muy necesarios a partir
del humanismo. Las denominaron “alegorías”. El Manierismo gozó y abusó de la
alegoría, del emblema, del símbolo porque difícilmente podía satisfacerle la
realidad. ¿Cómo vamos a censurar entonces la apetecible concupiscencia de esta
Venus y de este adolescente hijo suyo, Amor?
Esta lección
moral, si así podemos llamarla, fue a engrosar, por regalo, la colección de
Franciso I, rey de Francia, el bienamado enemigo de nuestro emperador Carlos V.
Era, sin duda, una alegoría para almas cultivadas, que en última instancia
querían, y tal vez no podían, escapar de las pasiones. Lo pedía la época. La
época pedía virtud porque estaba enfangada en el vicio. Me atrevería a decir
que para algunos el vicio vestía mucho, como ir ahora de chico o chica mala.
¡Qué le vamos a hacer, si el hombre se estaba descubriendo como sujeto
sentiente!
Cuando yo estudiaba en el Departamento
de Arte III de la Universidad Complutense de Madrid -de esto hace ya tiempo- el
manierismo y toda forma de maniera, cuadros como este del Bronzino, eran poco
estimados, se consideraban más que arte, una versión empobrecida del arte. Amanerados,
artificiosos, ahítos de alegoría y símbolo, faltos de personalidad y sinceridad,
tenían como algo de kitsch, de mal gusto, de antiarte. En un momento en que
triunfaba el rescate de la Vanguardia, la pintura abstracta y de los
informalismos, en el momento de la eclosión democrática de finales de los
ochenta, ¡qué se podía esperar!
Ahora,
sin embargo, un paseo por aquellos departamentos, expondría la artisticidad de
aquel manierismo sin ambages, y se le denominaría pintura de “genialidad”,
pintura de “los grandes maestros del Siglo XVI”. A estos genios del XVI se ha
dedicado, recientemente, muy selectiva bibliografía en la que firman, por
supuesto, muchos de aquellos profesores del Departamento de Arte III que no
hablaban precisamente glorias de esta forma de pintar. “Fashion change to change”,
también en la ciencia.
No obstante, por aquel entonces se le
daba no poca importancia (para bien y para mal) a un reconocido y afamado
historiador del arte, un clásico de los historiadores y un preclaro “iconologista”,
inventor él mismo, si cabe, de la Iconología como método para el estudio de la
obra de arte. El historiador, que se había ganado sobrado reconocimiento en
algunos círculos de aquel Departamento, escribió unos párrafos sobre este
cuadro de Bronzino para explicar el papel del Padre Tiempo, como alegoría y
símbolo perviviente y mutante desde los tiempos de los griegos hasta los tiempos
más recientes. Ya os podéis imaginar, eso de Cronos, el devorador de sus hijos
… Erwin Panofsky, el estudioso, lo analiza con cierto detenimiento (a lo mejor
sin haber visto siquiera la pintura), en sus Studies in Iconology, una
colección de ensayos que ponen su ojo analítico en el estudio iconográfico,
aplicado sobre todo a la época del humanismo y del barroco, y que se publicó en
Nueva York hacia 1962.
Digo
sin haberlo visto a lo mejor, con desconocimiento de causa, lo confieso. Tal
vez lo vio. Pero no lo tuvo, de seguro, en propiedad para contemplarlo cuando y
cuanto se le antojara. Para eso vivía ya en la época de la reproductividad
técnica: y podía cotejar sus estudios, impresiones y ocurrencias, con
fotografías, imágenes e informaciones enviadas a lo mejor por carta o
telegrama. Da igual. Daba igual incluso que fuese en blanco y negro. Da igual
porque lo que Panonfsky estudia es el icono, el símbolo, la alegoría, el
significado, el tema, en fin, lo que quiere decir en última instancia este
poema pintado: para quien lo tuviese en su gabinete, para quien lo pintó y para
toda una época, esto es, el XVI. Nada más. La Iconología, pariente agrandada de
la Iconografía, se centra en eso, en el contenido: en qué alegoría había
llegado a manos de Francisco I y por qué así constituida.
Pero el blanco y negro, el blanco y negro o en
blanco y negro cuando se trata del Bronzino, de la pintura manierista … es como
arrancarle su cuerno al rinoceronte, es como la fiereza del león del Mago de Oz,
es como la manera, sin maneras. Claro, había que estudiar el icono. La
explicación del icono … ¡como si el color no pudiera serlo! ¡Como si esta
alegoría no pudiese ser una forma más de disfrutar del vicio! Cómo si el velo
con que acuden al quite la Verdad y el Tiempo pudiera ser rojo, o blanco; esto
es, sanguinolento de atardeceres o puro de amanecer; y no la franja
electrizante de la despedida al alba.
El libro, Estudios sobre Iconología,
nació en versión española en 1972, con Alianza Editorial. En esta misma
editorial lo tengo yo, en edición de 1985, lo que entre otras cosas habla de su
éxito. Todavía se edita. Es mucho más que un clásico … yo creo que es ya una
maniera.
Me costó, según pone en página interior la
friolera de 1000 pesetas, y bajo el precio reza una glosa con letra diminuta que
dice: “En la Abadía, junto a Maese Alfonso y Fray Michelangelo mientras el abad
se flagela encerrado en su celda” 18 de Nov de 1988. La abadía era como
llamábamos a nuestro pisito de estudiantes, sito en la Calle de Guzmán el
Bueno, piso austero y frugal en el que las sillas sin asiento se reflejaban en
un viejo espejo de inicios de siglo que valía más que todo el mobiliario junto.
Pues bien, es la portada de este libro una reproducción del cuadro del
Bronzino, apocado y apagado entre sombras, desvanecidos los colores, mudados al
blanco y negro, pero sugestionado por la palidez que se extiende por las formas
erotizadas de manos, pies, brazos, piernas, glúteos pechos y rostros. Infernal,
o celestial evocación de la sensualidad exacerbada incluso en la mano derecha
de Eros … Desliz evocador, pasión pecaminosa a la que se entregó sin duda el
diseñador de la portada, otro artista, depositando dos clavelinas, flores en
fin, que nunca sabremos si fueron o no de plástico, pero que son de color, de
un color desvaído y sensible, amanerado y manierista como lo es el color
salmón. Tiene la dicha, una de estas hermosas flores, de tapar el sexo de Venus
hábilmente, igual que las etiquetas y las categorías tapan la verdad del arte.
Por fuerza tenía que llamarse esta alegoría El
descubrimiento de la Lujuria, -dicho con toda su tremenda ambigüedad- y no Alegoría
de la pasión de Venus, como muchos han hecho durante mucho tiempo. Porque
¿es tan mala la pasión de Venus? ¿Repudiaremos este supuesto incesto? ¿Es tan
mala la pasión? ¿Y el amor, es malo? Ahí vemos sus frutos: los celos, la
mentira, la niñez del juego … cosas muy poco serias. Pero la lujuria, la
lujuria es un vicio, un vicio feo; como todos los vicios. Y por lo tanto
censurable. Por eso, sin duda el cuadro gustó a Francisco I, que con él se
llevó no sólo un beso, no solo a la mentira, ni al tiempo. Ni siquiera a Venus,
ni otros hermosos y apetecibles desnudos. Se llevó las mascaras y las tórtolas.
Y sobre todo, las tórtolas, alegoría de la fidelidad conyugal. Un secreto
resbala y se clarea por este río desatado de sensibilidades censurables o no.
Sólo la erótica, a fin de cuentas, justifica la fidelidad. Eso es amor.
Hoy he cogido este libro que, con su postizo de
flores, reproduce en portada la imagen de un cuadro, que está en un museo, que
estudia un famoso historiador, que se pintó en Italia por un pintor del siglo
XVI, al que luego se le colgó la etiqueta de manierista. Cuadro que alguien
regaló a un rey y que por ciertas historias rocambolescas ha acabado en un
museo. Pues bien. He arrancado un flor violácea y pálida de una de mis macetas
del patio. La he cogido entre las páginas del libro de iconología. He acercado
el libro a un espejo, y lo he fotografiado. Es pues la imagen de la imagen de
la imagen de la imagen de la imagen de la imagen por todos usada … como un
desafío infinito a Platón, y que ahora os regalo.



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