Un texto para mis alumnos. En el día del Libro.






LOS ESPEJOS DEL CABALLERO


            Bien que este libro tan famoso podría haberse titulado “El libro de las simulaciones”. En el Quijote todo es simulación. Un escritor disimula haber escrito Don Quijote de la Mancha, y simula que está escrito por un tal Cide Hamete Benengeli, que es historiador arábigo y manchego. Con lo que tenemos a un personaje que simula ser historiador, nada menos. Aunque luego el autor, esto es, Cervantes, no pueda disimular que él es el autor de la famosa obra y lo reclame de continuo desde algo más de la mitad de la Segunda Parte. Tengamos presente que para la época, historiar es contar los acontecimientos tal y como han ocurrido, según máxima aristotélica. Luego se simula que los hechos ahí narrados son reales, acontecidos, se simula una verdadera historia.
A día de hoy, creo, los historiadores tienen ya asumido que su ciencia incorpora altas dosis de interpretación, cuando no de imaginación. Pero, ¿qué es lo que realmente acontece en el Quijote? Cosa fácil, que un hidalgo de La Mancha se convence de que será un renombrado caballero andante, al modo de Amadís, y que su fama será reconocida en todo el mundo. Simula por lo tanto ser lo que no es, aunque a la postre lo consigue, y hoy por hoy, todos hablamos de este loco imaginario y de sus aventuras como el caballero andante por antonomasia. El loco imaginario con sus imaginaciones, no es tan caballero perfecto como impostor. Simula que los molinos son gigantes, los rebaños ejércitos, y que tiene una amada que bendice sus victorias y un sabio encantador que lo persigue, y un historiador que habrá de escribir sus grandes hechos, y un escudero que le baila el agua. Todos magníficos símiles. Metáforas de su imaginación se trastocan en irreales. ¿Irreal? ¡Pero si simula que el mundo es tal y como lo ha leído en los libros de caballería! ¿Puede haber acaso alguna simulación irreal? En su caso, lo que simula o disimula don Quijote, es no enterarse de la realidad.

Uno de los colmos de esta situación es la aparición en escena, Capítulos XIII y XIV de la Segunda Parte, del Caballero de los Espejos. Para muchos críticos e intérpretes de la obra cervantina, este caballero, en efecto, viene a ser el espejo de don Quijote, el espejo en que este habría de contemplarse. Más rocambolesco si cabe, es el argumento de que don Quijote fuese  el espejo en que se mira el susodicho caballero, nada más un buscador de espejos o espejismos, que tanto da. Todos sabemos ya, porque hemos llegado a leer el capítulo XV de esa Segunda Parte, que se trata de Sansón Carrasco, con un disfraz extravagante de lentejuelas, y cuya misión es entablar batalla con su vecino, don Quijote, para, una vez derrotado, devolverlo a los corrales de la civilización. Sansón se ha convertido en un simulador que pretende reflejar la realidad de don Quijote, suponiendo que, viéndose el cincuentón hidalgo en el espejo, entrará razón. ¡Como si verse en el espejo delatase la realidad!
Pero esto es una cosa que, nada más en su ingenuidad (o mejor en su simulación), podían pensar algunos de los grandes novelistas del Siglo XIX, dueños del espejito social, en el que tenían el poder mágico de reflejar los malos usos sociales, los vicios y las injusticias, cuando en realidad estaban haciendo política taimadamente subrepticiamente. El caballero de los espejos es también el caballero del bosque, el bosque de la noche, ese paisaje fosco que no permite la claridad.
De continuar con este paralelo, es decir, que el caballero de los espejos refleja la realidad que podrá traer a la cordura a don Quijote, tendríamos que aceptar también que doña Casildea de Vandalia, la amada fingida de Sansón, acabaría por ser el reflejo de Dulcinea del Toboso a pesar de la porfía entre ambos caballeros sobre cuál es más hermosa, lo que a fin de cuentas les hace tomar campo y empezar la justa. Y Tomé Cecial, el narigudo y grotesco escudero de el de los espejos, sería el reflejo de Sancho Panza, un no menos grotesco personaje.
El espejo se delata entonces como lo que es: una simulación. A ver … ¿quién no simula ante el espejo? Aunque más interesante sería responder a “por qué se simula ante el espejo”.
            Desconozco, aunque sospecho, la causa de esta visión anti especular del Quijote que ensaya Cervantes. Hay algo aquí que se parece mucho a la teoría de las ideas de Platón, al mismo tiempo que Cervantes se permite reírla. Es la famosa risa de Cervantes de la que ya hablé en mi libro, Filosofía en el Quijote, risa antiplatónica. ¿De qué se ríe Cervantes? No se ríe de la condición re-flexiva del espejo, de su verdad caída, de ser un contenedor de sombras o espectros, de encantados. Se ríe Cervantes de que todo es especular, imagen, simulación. El mundo está hecho de simulacros, evanescencias y “mediomentiras”. Me explico, la imagen del espejo no es real, es una congelación de la realidad que invita a jugar al mono que lo maneja, el mono desnudo. El mono inteligente juega con el espejo. El espejo es una imagen desvaída de la realidad, y todos vamos tras ella como si fuese real, hechizados.

            Aún comunicando con esta versión interpretativa de la escena del Quijote, es decir, que el caballero de los espejos es la imagen refleja, o la imagen reflectante del manchego caballero de la triste figura, creo que la crítica pasa por alto un acontecimiento muy elemental. No es el caballero del espejo, ni el espejo el que se afrenta y enfrente con don Quijote, sino el caballero “de los espejos”. Plural muy evidente, conciso y bastante brutal al mismo tiempo. Y aquí entra en acción no ya la imaginación de Cervantes, tanto, como su ideario profundo. Los espejos como ideales de rebuscamiento, de entrelazamiento, de barroquismo, de confusión. Denuncia de la realidad como simulacro. El caballero de los espejos, el del bosque, disfrazado de simulacro es un cuerdo que se hace pasar por caballero para curar a un loco. Es un cuerdo enloquecido. Es un simulacro que carga con su casaca de simulacros y fantasías que parecen realidades y que él mismo estima realidad. Está frente al espejo, en efecto, haciendo el mono, y casi le cuesta la vida, porque como simulacro, y una vez vencido -lo que nunca pudo pensar que le ocurriera- Sancho es partidario de que don Quijote, descubierto su rostro, traspase aína su carne con el acero.

            ¿Es pues este pasaje, que os invito a leer de nuevo, una interpretación del mundo en que no hay realidad sólida e inconmovible, en que falta la verdad, y en que todo se agita y pervierte, como las luminarias de esas lentejuelas brillando al amanecer en el campo de batalla, donde se hará, cómicamente, justicia?
En verdad no. Cervantes no es un posmoderno que desestima la realidad. En rigor pasa más por un pos-posmoderno. (algún día lo explicaré). Pocos como Cervantes aman tanto la realidad.  


Celebra el día del LIBRO, con lectura ...

CAPÍTULO XIII ... del Quijote ... El Caballero de los Espejos













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