PARA MIS ALUMNOS DE TERCERO ...




PARA MIS ALUMNOS DE TERCERO. Y EN GENERAL PARA TODOS MIS ALUMNOS.


Ya os conté cómo una buena mañana de primavera agarré mi bicicleta, cargué mi tienda de campaña y unas buenas alforjas y empecé a pedalear rumbo a Occidente. Me acompañó en esta aventura mi amigo Vicente, alma gemela de tantas otras. Ahora estamos los dos en las edades de don Quijote y tanto los achaques como la sensatez luchan por ocupar un lugar preponderante en nuestras vidas. No sé si lo lograrán. Pero en aquel entonces teníamos pocos años y muchas insensateces a las espaldas. Era yo monitor deportivo y trabajaba con los niños -ahora auténticos padres y madres de familia- en el Colegio de La Candelaria. Vicente, que era más avisado, pasaba por unas largas vacaciones en su trabajo de personal de banca y no quería aburrirse. Yo dejé mi trabajo y él aprovechó sus vacaciones. No olvidaré que en los tres primeros días de viaje nos acompañó Pedro, mi buen amigo Perico, el hombre de la Naturaleza. Ni olvido que después, pasado buen tiempo y muchos kilómetros, hallamos en Portugal a Pepe y Mari Gracia, que habían partido en nuestra búsqueda en un tiempo en que no había móviles.

Quisiera compartir con vosotros un fragmento de un cuaderno que fui rellenando en los espaciamientos que permitía el viaje. No sé por qué, supongo que porque sí, porque estos tiempos son extraños, porque me lo pide el cuerpo y el alma, tal vez porque siempre he sospechado -soy pesimista- que nunca ha habido tiempos fáciles. Y no lo digo por mí, para quien la vida pasa hasta el momento como si fuese en una cómoda balsa, y Dios la guarde; lo digo por cuanto me encontré allá, por lo que fui descubriendo, porque me ayudó a despertar un poquito más.




En mi mente reobraba una y otra vez Lisboa, la ciudad de Occidente, que había alabado tantas veces el que era en aquellos tiempos mi indiscutible escritor favorito, don Ramón Gómez de la Serna. Yo amaba a Lisboa en mis adentros y literariamente. Estaba enamorado de ella, como quien se enamora del rostro de un sueño. Era la Lisboa que yo iba a descubrir, no la de don Ramón, sino otra muy parecida, ciertamente, la de antes de su Exposición Internacional, la de antes de su modernización. Era Lisboa. Y allá me fui en bicicleta.

En Lisboa, con pipa de marinero
Os transcribo el prometido pasaje -disculparme- del Cuaderno en que registré algunas de mis vivencias … ¿vivencias -digo-? Sí, vivencias ... mías, y sin duda, de otros:



“En Monsanto está la “Casa Grande”. La Casa Grande es un enorme ortoedro blanco de ventanas presidiarias clavado en el verde costado de un pulmón lisboeta. La Casa Grande, con su tétrico mirar a los transeúntes turistas es albergue de ahijados diversos, ahijados suyos son los desheredados y desposeídos, los pobres y los alcohólicos de familia numerosa … [1] Allá se “juntan” -acaso por ello también sea grande la Casa Grande- brasileños, angoleños, portugueses y ralea inmunda sin casas y sin bandera. Viven la noche lisboeta con la sonrisa de cerveza Sagres entre sus labios, y es sonrisa de ironía del destino, y de drama chamuscado por el desconocimiento, pues son sus vidas las de los héroes de la contemporaneidad sin Olimpo. A los ojos de la vulgaridad cotidiana son antihéroes, los eternos antihéroes y ladillas de lo social y chusma insociable. Tienen biografías escritas en sus caras con letras de oro oxidadas -de oro falso se entiende- y venden ropas viejas y usadas para ganarse el sonreír de una noche más en la casa grande.
En la casa grande, tan grande como un nido de gigantescas aves primevas, pululan sus almas sospechosamente vacías Marko, esloveno andurreante amante de lo hispano, de España y sobre todo de Andalucía a la cual añora volver. Joao, su amigo, el que le da habitáculo, hombre demacrado por los años y con el bigote ahíto de ensoñaciones frustradas. El uno es joven con aspiraciones, con ansia de conocimiento con esperanzas de patria. El otro es el maduro sin aspiraciones, sin ilusión, desesperanzado de patria. Joao, que fue educador en Angola, que enfermó y regresó a Portugal con la pobreza de sus ojos negros contagiados de espirituales, que habla idiomas por necesidad del trato, enseñante de los tullidos sociales, desespiritualizado ahora, habla con la desgana de quien está dejando el vivir.
Marko posee el interés y las ganas … acaso no tenga nada más, por ello lee a Unamuno y Nietzsche.
A la casa grande llegan las respiraciones de todos los desgraciados del mundo que consumen cerveza y café. Y se los beben los negros de blanca sonrisa de desidias y con gorra sucia americana (y los portugueses de barba descuidada y vaqueros, y algunas mujeres distantes de pechos prestos …)".

A la redacción de este pasaje en que describía a Marko, el joven que había huido de la Guerra de Yugoslavia y que iba consumiendo asilos por Europa, y a Joao, el dueño de la caravana oxidada y de ruedas desinfladas en que vivían ambos, le siguen unas reflexiones a modo de aforismos que no me niego a transcribir, porque todavía comunican con el descubrimiento de un mundo en que todo era problema. Y yo me daba cuenta de que había salido de mi casa, como un turista, para encontrarme con el problema, y que este sólo iba a rozarme:

1.       Los negros desencantados rompen las lunas de Lisboa para sonreír a los escaparates azules de la policía.
2.       Lisboa es la selva africana con olor a bacalao, a flor y a tabaco, a fritanga y a suciedad humana. Es ciudad que huele.
3.       La noche lisboeta tiene miedo en los ojos.
4.       En el olor a mar van las fétidas excrecencias de los descubridores y de los marinos del pasado.
5.       Los marineros de pipa son metáfora muerta.

Por cierto, recibí una carta de Marko … creo que escrita desde su Eslovenia natal.




[1] Censura. Por poco edificativa y por muy procaz.

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