EL SER HUMANO



Parte I

Las tres partes que compondrán estos apuntes son nada más complementos de las lecturas que tenéis que hacer en vuestro libro de texto. 

Dificultades para establecer una Ciencia del hombre.

Si el hombre produce la ciencia, es posible que la ciencia producida, magnífica herramienta, sea insuficiente para explicar al hombre. No nos queda sino decir que el ser humano es imprevisible y complejo, muy complejo. Podemos saber de él muchas cosas, pero no podemos saberlo todo. Abunda en la libertad, o eso cree -creerlo es ya una gran complicación-, pero además se mueve con esta supuesta libertad por los laberintos de la historia y de la cultura.
Muchas ciencias revuelan en torno de este ser singular, o de este ser que se considera singular: la antropología, la psicología, la sociología y política, la filosofía y la ética, la biología y la medicina, la historia … Cada cual aporta una perspectiva curiosa del homínido sabio, una perspectiva que aun dentro de la universalidad, resultará más o menos parcial. Ofrecen pues un saber incompleto del hombre. Tal vez la Antropología, y en concreto la Antropología filosófica, haya intentado abarcar el orbe completo y complejo de lo humano. Habría que preguntar en este sentido a Max Scheler[1].

El hombre es un animal que se diferencia del animal.

            Esta afirmación parece que pone de acuerdo a todos. Hay algo que diferencia al ser humano del resto de animales. Digamos que no es del todo una cantidad, sino una cualidad o calidad. Zubiri decía que el hombre es un “animal de realidades”, y Pico della Mirándola no sabía muy bien dónde ubicarlo, porque no había sido creado para nada en concreto: ni dios, ni bruto. Eso sí, racional; es decir, capaz de aplicar la inteligencia con inteligencia. Es este el lugar en el que ha reposado toda la filosofía, al menos, hasta Nietzsche, ya en la contemporaneidad. Como Zubiri, Bergson y muchos más, consideran que el animal se mueve en el horizonte del instinto, en su medio, que el hombre lo hace en el de la inteligencia, en la realidad o la cultura -sin haberse desprendido del todo del instinto, que conserva como intuición, según Bergson[2]-.
¿Podríamos afirmar entonces que existe una “escala de la vida” y que el hombre ocupa un lugar privilegiado?

Más solo que la una: la singularidad humana.

En fin, que nos hemos quedado solos en el Cosmos, aislados, en cuarentena. Rodeados si acaso de una vida que no nos comprende. Pocas veces nos preguntamos si nos entiende el árbol, o el león. ¿Por qué será? Las mascotas nos comprenden algo, acaso por el hábito que les beneficia y les ha humanizado. Sólo tenemos que mirarnos al espejo. Somos raros, sobre todo si nos comparamos con el resto de seres vivos (que ya de por sí son también bastante raritos).
La historia de la vida es la expresión de un desenvolvimiento, de una progresión, complejidad y evolución. Al explicar este desenvolvimiento hemos recurrido al concepto de [especie], que nos permite diferenciar grupos y reunir individuos. Así el hombre pertenece al reino Animal, vertebrado, mamífero del orden de los primates, antropoide de la familia de los homínidos, del género homo, y sapiens, sapiens-sapiens (por si quedaban dudas). Esta es nuestra [clasificación taxonómica].
Pero no todo es taxonomía. La Genética ha puesto al descubierto los estrechos lazos que nos vinculan con el resto de animales, de los que tanto nos distinguimos en el espejo. Los genes están llenos de información (no podía ser de otra manera en la era de la información), es el código, código genético que determina las características de cada individuo, de cada organismo, como por otro lado el código de barras define el artificio de un yogur.

Alguna característica peculiar del animal roto.

Empiezan los problemas: de repente alguien nos dice que tenemos alma. Sea por caso, no sé, Sócrates, que se ha creído los misterios eleusinos. Volvemos al espejo y no vemos nada. Nos miramos en lo profundo del vasto lago de nuestros ojos, tanto que ya da miedo. Reflexionas:  la gacela es veloz y el león fiero. El árbol es misterioso. Ni tan misterioso es el hombre, ni tan veloz, ni tan fiero. Es poco menos que un peluche de la Naturaleza. Su cuerpo es frágil y muy vulnerable. Depende de sus progenitores o de su grupo durante largo tiempo. Requiere de un largo tiempo de adiestramiento. En soledad casi es un inútil. Nada hay para lo que su cuerpo muestre una especial predisposición; todo lo más la bipedestación parece su secreto, o la mano prensil. Me hundo más profundamente en el lago: tenemos un cerebro muy desarrollado y somos muy inteligentes (siempre se habla de la inteligencia y pocas veces de la sensibilidad), somos muy expresivos e imitativos, comunicamos y hablamos …  lo que hace sospechar la existencia de una mente, de un espíritu, de un alma. ¡Sospechas!
Esta especie de desajuste “que sentimos” entre el cuerpo y el alma, se ha explicado muchas veces como [realidad psicosomática]. Es decir, la propensión a considerar una extraña cesura, división, costura, hilván, unión entre algo así como la psique y algo así como el cuerpo; el resultado: el ser humano[3]


[1] Tienes derecho a buscar información sobre una de sus obras esenciales: El puesto del hombre en el Cosmos.
[2] No veas lo interesante que es en este sentido lo que señaló en La evolución creadora.
[3] En el caso de aceptar que esto sea así (también vale que no lo aceptes) … ¿qué eres?: ¿Un integracionista? ¿Un dualista? ¿Simplemente espiritualista? ¿O materialista? No sé, a lo mejor eres un “panpsiquista” (no veas lo interesante que puede ser el filósofo argentino Mario Bunge. ¡Oh el materialismo emergentista! 




Parte II


El misterio de la vida o el salto cualitativo.

Hay algo peculiar, fantástico en la vida. La vida, que surgió en nuestro planeta hará unos 3. 500 millones de años. Esa su peculiaridad, proteica y creativa, se manifiesta en lo que hemos denominado [evolución]. La vida se despliega, y desarrolla. Los seres vivos mudan sus rasgos, modifican su anatomía. Decimos, empobreciendo la realidad, que las [especies] cambian. Bergson era muy cuco en este sentido. En La evolución creadora, señalaba cómo la vida, que considera un salto extraño por sobre la pura materialidad, lucha por prolongarse, por seguir viviendo y desafiando el curso monorrimo de la materia, cuyo destino parece la entropía. Los seres vivos van a contracorriente de la materia y se prorrogan y aun se sofistican, a base de una sutilísima forma de duración ordenadora y creativa: la vida lucha por la vida, en permanente guerra contra el desorden, el apagamiento definitivo.
Estos organismos continentes de la vida, en efecto, se complican, son cada vez más complejos. ¿Por qué? Pues no lo sabemos del todo. Hablamos de la evolución de formas y órganos por adaptación, del extraordinario mundo de la replicación biológica, de la información contenida en los genes, de la hermosura misteriosa de la creación, del azar o de la necesidad[1], o de la mutación por aburrimiento, incluso de la mano de Dios tras este desfile inusitado. El caso es que la vida supone un salto sobre la materia. En el reino animal, es posible que el hombre represente otro salto cualitativo sobre los demás animales.
           
Evolucionistas más o menos evolucionados.

Desde luego que la evolución presupone un antes y un después en las teorías sobre la vida. Siempre nos representamos la evolución como un despliegue, un desarrollo positivo de aquella. Un mejoramiento que indefectiblemente nos conduce hasta la aparición del hombre… aunque no sea así.
Lamarck, a finales del Siglo XIX, habló de pequeñas transformaciones en los seres vivos porque tienen una tendencia natural al perfeccionamiento. Claro que la perfección requiere, como la educación, de un maestro externo que la haga salir. Este maestro era para Lamarck [el medio], que movía al cambio y al perfeccionamiento. Las modificaciones que iban desarrollándose en los organismos según los lamarckianos tenían un carácter fisiológico, es decir, que el uso y desuso de un órgano incentivaba los cambios necesarios en las generaciones sucesivas de animales (recuérdese lo que supone el abuso en el uso del cuello para las jirafas). Es decir, que las condiciones entrenadas y adquiridas se transmitían a los descendientes. Se trata de la [adaptación] al medio, que, por lo tanto, es la que determina la evolución.
Le replicó Darwin, con muy buen criterio, quien a la adaptación añadió la idea de la [selección natural], considerando que la supervivencia premia a los más aptos. En efecto, hay cambios por necesidad, pero también por azar. Lo importante, no obstante, es que son los organismos, los individuos mejor adaptados al medio, los que sobreviven. En consecuencia, logran reproducirse con mayor facilidad y acaban por imponerse a esos otros que no son tan aventajados en los caracteres necesarios para la supervivencia. Lo que más me llama la atención de Darwin es que estuvo en un plis de afirmar la supremacía del azar, de la mutación extraordinaria como fuente del cambio. ¿Por qué? Darwin era consciente de que su teoría se explicaba bien bajo presión … pero incluso sin presión, los organismos, las especies, seguían evolucionando. ¿Por qué?
El religioso Gregorio Mendel, ya a finales del Siglo XIX dio un paso en este sentido. Sus leyes explicaban la variabilidad de la descendencia. Inauguraba de esta manera la ciencia genética por la que se explicaba cómo se transmite la herencia de padres a hijos.  Si bien las leyes de Mendel suponen un hito extraordinario en la ciencia biológica, siguen apegados a las ideas evolucionistas de origen darwinista.
Un “salto” importante en este sentido lo daría de Vries ya a principios del Siglo XX. Para de Vries son las [mutaciones] (cambios azarosos e imprevisibles), y no la selección natural, el motor transformador de las especies: (grandes modificaciones genéticas). A esta teoría se le denomina “saltacionismo”. No hay una explicación rigurosa de por qué ocurre esto, por lo tanto nos entregamos al desconocimiento, o al azar, o a la necesidad; la determinación del medio (selección) hará luego lo que tenga que hacer, dando éxito o haciendo fracasar al producto del salto. Es por esta vía por la que se ha dado paso al llamado [neodarwinismo].

En fin, el evolucionismo acaba por debatirse entre algo que ya supuso un debate para el propio Darwin … ¿selección natural o mutación? ¿Necesidad o azar? … ¿o las dos cosas? A lo mejor, ninguna de las dos, o ninguna de las dos del todo. El caso es que, en un sentido u otro, ¡hemos seguido siendo evolucionistas!


La Evolución aplicada al hombre: la [antropogénesis] y el [proceso de hominización]. 

            El hombre se desmarca un tanto del resto de animales. Ni le vale del todo esto de la idea del medio, ni tampoco lo de la lucha por la supervivencia. Yo no sé si hay un problema en el hombre o en la idea que del hombre pretende dar el plural despliegue de las teorías evolucionistas. Se nos dice que el ser humano es el único animal que trasciende el medio, en fin, que no está especializado para medio ninguno; y de otro lado, que tampoco es competitivo aptitudinal en extremo, y practica el curioso altruismo. Claro, a lo mejor ni somos tan altruistas, ni hemos aún identificado cuál será nuestro medio. 
Para estudiar el origen del ser humano (antropogénesis) y el proceso de hominización (la evolución del bicho), son nuestras fuentes la biología, la ciencia natural, la paleontología, la antropología y la prehistoria.
Tenemos datos que demuestran que hace casi 4 millones y medio de años existía ya la bipedestación; unos casi hombrecillos africanos, los austrolopitecos, tenían que andar erguidos, no sabemos si para ganar visión panorámica en la sabana y defenderse de los depredadores[2]. Aquel animalejo erguido empezó a desarrollar su cerebro y el movimiento de sus manos, descubrió su rostro y acabó en homínido hábil, porque empezó a generar herramientas, (ya era género homo) hará unos 2 millones y medio de años. Luego mostró cualidades para que lo llamaran sapiens: neandertal el más bruto (desaparecido con las últimas glaciaciones), y sapiens sapiens el más angélico, que es el que ahora contamina en extremo la Tierra y del que formamos parte.

                                  


[Humanización] y deshumanización del hombre.

Total, que aquel “hombrecillo”, aquel curioso austrolopiteco, un tanto desamparado, rapiñador, semi arborícola y aventurero, muerto de miedo, aquel homo hábilis, aquel homo erectus, empezó a manifestar inquietudes, en su rostro, en sus gestos, en sus sueños, en su inteligencia … quién sabe. Llevaba dentro de sí, infartada, lo que llamamos humanidad y que avistamos por signos tan banales como el lenguaje, el gesto y la expresión, la tecnología, el arte, y, posiblemente la risa. Ya ese animalejo estaba tocado por la cultura y empezaba a ser cultura. Cada vez más cultura y probablemente menos naturaleza, de manera que la humanización empezó a actuar sobre lo que hemos llamado “proceso de hominización” (Como si dijéramos que el espíritu empezó a dar forma al cuerpo). Es la cultura la que determina entonces, y enriquece, al hombre, hasta tal extremo que probablemente podemos hablar tanto de humanización como de deshumanización. Los tiempos últimos nos están poniendo al corriente de hasta dónde puede conducirnos la cultura.

[1] Curiosa monografía esa de MONOD que se titula El azar y la necesidad. (Infórmate y estimúlate). ¡La de milagros que puede desencadenar la replicación de cristalitos en la arcilla! Curiosamente, el barro que usara Dios según el Génesis. No estaría de más dar un repaso al mito de la Creación … reléelo.
[2] Qué interesantes son los descubrimientos y estudios de la familia Leakey (investiga al respecto).


Parte III


El hombre es cultura.

  El hombre no es naturaleza, sino que tiene historia -repetía incansablemente Ortega-. Carga pues con algo más que sus genes, con algo más que la evolución de su organismo y de su sistema nervioso. El ser humano conoce algunos de los acontecimientos relevantes que tuvieron que vivir sus abuelos y puede contarlos a sus hijos. A su nacimiento se halla rodeado de útiles y confinado en ciudades más o menos grandes, con o sin murallas. Nunca será consciente de todo lo que ha creado su semejante y participará de ello sin embargo.
Este bípedo implume que somos, según curiosa definición de Aristóteles, obedece a un nombre, si es que no tiene un documento que lo acredita, y contrae compromisos que ha aprendido a contraer y que puede no cumplir. La historia a que se refiere Ortega y Gasset no es sólo el pasado que explican los manuales. La historia es grosso modo la circunstancia en que me hallo. (Observa que como ahora hablamos de circunstancias extraordinarias, hablamos de momento histórico)[1]. Yo soy yo y mi [circunstancia] -decía el filósofo madrileño- y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Esta segunda parte del famoso dicho es esencial. El hombre vive en la obligación de salvar la circunstancia para salvarse a sí mismo. Salvarse es no sólo seguir viviendo al margen de cualquier peligro, es simplemente moverse en la dirección de lo que uno quiere ser. Entonces, está claro que el hombre es un creador de sí mismo. Está obligado a cultivarse la vida con las circunstancias, las que le ha tocado vivir, para vivir como él quiere. Esa empresa, podemos decir que es individual, en efecto, pero es también social, grupal, pues nos pone en el camino de la renovación de, y adecuación a, cuanto nos rodea. En fin, el hombre hace y lega lo que hace. A eso que hace y que dona a las generaciones que han de venir, lo llamamos [cultura]. El hombre es un ser cultural, cultiva, crea y transmite[2]. Es cultura, y en tanto que cultura, sólo puede ser libre[3].


Las culturas y el relativismo cultural.

            Cada cual se hace. Cada cultura se hace. No podemos decir que exista una sola cultura. Abrimos los ojos a Oriente y Occidente de este Planeta, al Norte y al Sur y vemos que la cultura humana es rica, plural en sus diversas manifestaciones. Esto nos obliga al reconocimiento de todas ellas como manifestaciones y posibilidades enriquecedoras. Pero también nos somete a paradojas. Lo que para una cultura puede ser un valor positivo puede ser censurable y aun horroroso para otra. De aquí podríamos deducir que cada cultura tiene sus derechos y proyectos. Esto podría llevarnos a pensar que la cultura es relativa. A cada cultura competen sus propias normas y no cabe juzgarlas desde otras. Es la postura del [relativismo cultural] más extremo. Pero, ¿y si el proyecto de una de ellas consistiese en el sometimiento de las otras? ¿Debemos como cultura mirar a otro lado cuando vemos acciones impunes contra el ser humano? ¿Censuraríamos a Phileas Fogg por salvar a Aouda en la India? Esto es, ¿se debe combatir la esclavitud, el asesinato, los sacrificios, la explotación ajena y las privaciones en cualquier cultura o entre culturas? ¿O esta suerte de “ideas de combate de la injusticia” son nada más una perversión disfrazada de altruismo de la cultura que llamamos occidental? ¿Un intento de la cultura occidental por someter a la diversidad o al “resto”? ¿Hasta dónde debemos soportar el relativismo cultural?[4]


Lo insustituible y lo único.

            Hablábamos el otro día de “mirarnos en el espejo”. ¿Quién soy? Me dejo hundir en un extraño abismo. ¡Sé tanto sobre mí! Sin embargo … no sé todo. En efecto soy un misterio para mí mismo, guardo y oculto cosas para los otros, y hay cosas que los otros saben de mí y que ni sospecho siquiera. La [persona] es un misterio que se basta y se hace; es per se, por sí misma. Por ello la persona es singular, singular y única, intransferible, insustituible; algo excepcional en el Universo, irrepetible. Es alguien, o sea, la flor del ser humano. Ser alguien es ya una fuente inagotable de riqueza para los otros. Los “otros”, que son otros-que-yo y que verán de mí sólo partes. Decía no obstante Martin Buber, que no hay mayor verdad y sentido trascendente que el sostén de la mirada de un yo y un tú. ¡Qué verdad tan grande! Esas miradas a las que últimamente siempre buscamos intermediarios tecnológicos.
Sí, leímos un artículo en el que se hablaba de lo poco originales que éramos … genéticamente. Pero no somos solo genética. ¡Qué le vamos a hacer! Tenemos tanto o más que genética, una [biografía], que no es el relato de todo aquello que hemos ido siendo y haciendo, como hacerse la idea de los proyectos y las ilusiones logradas y abortadas en el curso de una vida humana. Para esta [vida humana], necesitada y menesterosa de [compañía inteligente][5], requiero del concurso de los demás, de esa mirada de Buber que me certifica que, en efecto, soy una persona. Necesito, pues, al otro, a los otros, al diferente.






[1] Sí, el ser humano puede vivir “momentos históricos”, también momentos críticos … es decir, momentos y crisis sobre las que hay que rehacerse. (Algunos pensaron que la historia había muerto … no sé, no sé …)
[2] Zubiri decía que es “tradente”.
[3] De un tiempo a esta parte estamos constriñendo en exceso la idea de CULTURA. Como si nada más hiciesen cultura los cineastas, los cantantes, y algún novelista que otro. Como si bañarse en cultura fuese zambullirse en la visita al musical o a la obra de teatro, o a la exposición más sonada … ¡Lástima!
[4] Hace tiempo que tu profesor le dio vueltas al asunto (echa un vistazo por encima, y si puedes, lee los dos últimos apartados:


[5] Quien ha reflexionado sobre la compañía inteligente es tu reconocido filósofo Savater. Las preguntas de la vida, y sobre todo en Ética para Amador, obra en la que le dedica al tema un buen trecho.
Entrevista a Savater para TVE.


(Del video, en especial, a partir del minuto 31)





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